APLASTANDO CARBONES
CON LAS MANOS DESNUDAS
A Manuel. Por fin.
Este título no es mío. Es de Rosa
Montero. Estoy leyendo su libro La ridícula idea de no volver a verte y me ha surgido
una apremiante necesidad de ponerme al teclado sin saber muy bien qué es lo que
quiero escribir ni cómo lo quiero hacer. Es algo así como un experimento, dado
que jamás he sentido la pulsión de escribir por un sentimiento íntimo como el
que me ronda por las entrañas en este momento. Veremos qué criatura está por
nacer.
Fui lectora de Rosa Montero en mi
temprana juventud, aunque he de reconocer que no recuerdo mucho sus libros.
Probablemente haya leído “Te trataré como a una reina” y algún título más. No
me atrevería a negar que, quizás, pueda confundir sus novelas con las de Maruja
Torres, afrenta que con toda probabilidad debe de encantar a ambas autoras. Recientemente
y de manera casual he sabido de su vida gracias al Facebook y me he hecho
seguidora suya, algo inusual en mí, pues, sinceramente, me interesan poco las
andanzas de personas con notoriedad pública. Sin embargo, en este caso me he
encontrado con una persona cercana al mundo, amable, solidaria, simpática y
comprometida. No podía tardar mucho en retomar la lectura de sus obras.
La ridícula idea de no volver a
verte es el libro elegido para ello. Habla de la vida en el titánico proceso de
reconciliación con la muerte. A raíz del
fallecimiento de su marido y tras la lectura del diario que Marie Curie
escribió después de perder al suyo, Montero ha escrito una novela luminosa, como
la radiactividad de Curie, al sentir, supongo, la necesidad de expresar en
palabras públicas ese gran torrente de emociones íntimas, a modo de exorcismo
contra el dolor. “…son páginas que hablan
de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del
esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de
la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de
quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza”.
Ayer, en uno de mis habituales
paseos por el Parque de Invierno, en compañía de mi perra Nora y de mi libro
electrónico, con una luz crepuscular que me hacía entrecerrar los ojos por el
esfuerzo, leí el capítulo que da nombre a este texto. En él, la escritora nos
narra un momento tan íntimo, tan auténtico y descrito con tanto amor que duele.
Su marido, Pablo, sufría metástasis en el cerebro. Hacía tiempo que resultaba
casi imposible mantener una conversación con él debido al daño cerebral, que
cambiaba ideas y palabras. Poco antes de su muerte fue ingresado de urgencias
por un episodio de confusión y agitación muy violenta, algo habitual en los
estadios finales de esta enfermedad. Después de estabilizarlo a base de medicinas, entró en una fase de dulce serenidad. Rosa describe con asombrosa
contundencia uno de esos momentos únicos que pueden unir a dos personas como si
fueran los últimos habitantes de un planeta lejano, respirando un aire propio,
una soledad compartida y querida, una intimidad imposible de repetir. Pablo abrió los ojos, le dedicó una radiante
sonrisa y le dijo con la mayor ternura imaginable: “mi perrita”.
“Fue una
palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra
parte, pero creo que es lo más hermoso que me han dicho en mi vida”.
Y, entonces, lo sentí. Mientras
caminaba por el parque con las lágrimas resbalando por mi cara, sentí a Manuel,
mientras las limpiaba sin importarme las miradas de los paseantes, sentí a mi
hermano, mientras volvía atrás para leer esos párrafos que tanto me impactaron,
sentí a mi hermano muerto.
Porque yo tengo un hermano
muerto. Aunque no hable de él, aunque no mire sus fotos, ni celebre sus
cumpleaños.
Y recordé ese episodio extraño y
mágico que ocurrió el día de su muerte, un suceso que apenas he contado y que llegué
a creer imaginado.
Aquella tarde de marzo estaba
lloviendo -casi agua nieve- y hacía un frío intenso. Salí de trabajar y antes
de ir al hospital me fui directamente a la ducha. Más de un cuarto de hora
llevaba bajo el agua, como si mi cuerpo no quisiera salir del bálsamo del agua
caliente cuando sonó el teléfono. Por alguna razón no me dio buena espina. -Ha
entrado en coma- me dijo una voz angustiada, -ven rápido.
Salí de casa con poca ropa y con
el pelo empapado. La brusquedad del frío no me inmutó. Me dirigía a coger un
taxi cuando me encontré, o más bien me encontró, mi amiga Nieves. Supongo que
se alarmaría por mi aspecto o por la expresión que, me imagino, tendría mi
cara. Lo único que sé es que se hizo cargo de mí y me llevó en su coche al hospital,
aunque no recuerdo nada del trayecto.
Cuando llegué corriendo a su
habitación todos los familiares estaban en el pasillo, llorando, no sé quién,
casi gritando. Había llegado tarde.
Entré. Manuel estaba en semi penumbra,
con expresión serena. Me acerqué y le di un beso mientras acariciaba su
mejilla. Su cara estaba hinchada por los largos meses de tratamiento y el
efecto de la cortisona, pero yo no lo encontraba feo.
Y fue entonces, cuando mi cara
estaba a escasos centímetros de la suya, que abrió los ojos y me dijo: ¿Por qué
lloras?- No lloro- contesté con asombrosa tranquilidad, -es que he salido de
casa con el pelo empapado y hace un frío de mil demonios. Menuda pinta debo de
llevar con esta nariz tan roja- Y los dos nos echamos a reír.
Imaginaos. Mi hermano abrió los ojos, me habló y nos reímos. Y todo parecía tan normal que aún hoy dudo de la veracidad de ese momento.
Los médicos nos dijeron que esas
cosas a veces ocurren. Entrar en un coma profundo y recuperar momentáneamente
para luego caer en el definitivo adiós. Que no nos creáramos esperanzas. Esa
noche nos quedamos mi cuñada Mª Eugenia y yo. Cenamos, vimos un partido de la
selección, quizás fuera del Sporting, y
nos reímos. Sí, seguimos riendo. La vida nos dio una prórroga en el umbral de
la muerte y la aprovechamos.
Cuando Manuel se durmió yo hice
la primera guardia. No despertaría más. Lo contemplé mientras dormía. Estaba
sereno, sin dolor ni inquietud aparente. Pensé en todo lo que me había enseñado
durante sus largos meses de enfermedad. En la tremenda lección de humildad que
me dio, a mí, tan lista y autosuficiente que me creía, en las toneladas de
dignidad que derrochaba. Me devolvió a una familia que creí perdida por
diferencias irreversibles, una familia imperfecta, pero mía. Me enseñó lo que
es perdonar y lo que es asumir tus culpas.
Me mostró el camino de la reconciliación y me ayudó a ser mejor persona.
Y lo quise.

YO, que pensé que sabia algo de ti, no se nada..............solo decirte, que el tiempo no borro nuestros años juntas,también de sufrimiento y de risas, pero esa es otra historia,siempre me pareciste especial y como escritora sigues siendo.......diferente, las dos lo somos, besos
ResponderEliminarUn héroe que nunca dejo que vieramos como sufria,y que siempre intento hacernos reir a todos,un honbre noble,bueno,cariñoso eso era el tio Manuel,y por supuesto siempre con su Asturias y su Sporting por bandera.
ResponderEliminarTia eres u a artistas aveces emocionarse ayuda a limpiar el alma y a descargar tensión. GRACIES
Conmovedora y excepcional como siempre has sido tú, e incluso a pesar de ti. Bs
ResponderEliminarprecioso. gracias.
ResponderEliminarprecioso. gracias.
ResponderEliminarSin palabras
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