viernes, 29 de julio de 2016
miércoles, 27 de julio de 2016
APLASTANDO CARBONES
CON LAS MANOS DESNUDAS
A Manuel. Por fin.
Este título no es mío. Es de Rosa
Montero. Estoy leyendo su libro La ridícula idea de no volver a verte y me ha surgido
una apremiante necesidad de ponerme al teclado sin saber muy bien qué es lo que
quiero escribir ni cómo lo quiero hacer. Es algo así como un experimento, dado
que jamás he sentido la pulsión de escribir por un sentimiento íntimo como el
que me ronda por las entrañas en este momento. Veremos qué criatura está por
nacer.
Fui lectora de Rosa Montero en mi
temprana juventud, aunque he de reconocer que no recuerdo mucho sus libros.
Probablemente haya leído “Te trataré como a una reina” y algún título más. No
me atrevería a negar que, quizás, pueda confundir sus novelas con las de Maruja
Torres, afrenta que con toda probabilidad debe de encantar a ambas autoras. Recientemente
y de manera casual he sabido de su vida gracias al Facebook y me he hecho
seguidora suya, algo inusual en mí, pues, sinceramente, me interesan poco las
andanzas de personas con notoriedad pública. Sin embargo, en este caso me he
encontrado con una persona cercana al mundo, amable, solidaria, simpática y
comprometida. No podía tardar mucho en retomar la lectura de sus obras.
La ridícula idea de no volver a
verte es el libro elegido para ello. Habla de la vida en el titánico proceso de
reconciliación con la muerte. A raíz del
fallecimiento de su marido y tras la lectura del diario que Marie Curie
escribió después de perder al suyo, Montero ha escrito una novela luminosa, como
la radiactividad de Curie, al sentir, supongo, la necesidad de expresar en
palabras públicas ese gran torrente de emociones íntimas, a modo de exorcismo
contra el dolor. “…son páginas que hablan
de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del
esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de
la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de
quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza”.
Ayer, en uno de mis habituales
paseos por el Parque de Invierno, en compañía de mi perra Nora y de mi libro
electrónico, con una luz crepuscular que me hacía entrecerrar los ojos por el
esfuerzo, leí el capítulo que da nombre a este texto. En él, la escritora nos
narra un momento tan íntimo, tan auténtico y descrito con tanto amor que duele.
Su marido, Pablo, sufría metástasis en el cerebro. Hacía tiempo que resultaba
casi imposible mantener una conversación con él debido al daño cerebral, que
cambiaba ideas y palabras. Poco antes de su muerte fue ingresado de urgencias
por un episodio de confusión y agitación muy violenta, algo habitual en los
estadios finales de esta enfermedad. Después de estabilizarlo a base de medicinas, entró en una fase de dulce serenidad. Rosa describe con asombrosa
contundencia uno de esos momentos únicos que pueden unir a dos personas como si
fueran los últimos habitantes de un planeta lejano, respirando un aire propio,
una soledad compartida y querida, una intimidad imposible de repetir. Pablo abrió los ojos, le dedicó una radiante
sonrisa y le dijo con la mayor ternura imaginable: “mi perrita”.
“Fue una
palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra
parte, pero creo que es lo más hermoso que me han dicho en mi vida”.
Y, entonces, lo sentí. Mientras
caminaba por el parque con las lágrimas resbalando por mi cara, sentí a Manuel,
mientras las limpiaba sin importarme las miradas de los paseantes, sentí a mi
hermano, mientras volvía atrás para leer esos párrafos que tanto me impactaron,
sentí a mi hermano muerto.
Porque yo tengo un hermano
muerto. Aunque no hable de él, aunque no mire sus fotos, ni celebre sus
cumpleaños.
Y recordé ese episodio extraño y
mágico que ocurrió el día de su muerte, un suceso que apenas he contado y que llegué
a creer imaginado.
Aquella tarde de marzo estaba
lloviendo -casi agua nieve- y hacía un frío intenso. Salí de trabajar y antes
de ir al hospital me fui directamente a la ducha. Más de un cuarto de hora
llevaba bajo el agua, como si mi cuerpo no quisiera salir del bálsamo del agua
caliente cuando sonó el teléfono. Por alguna razón no me dio buena espina. -Ha
entrado en coma- me dijo una voz angustiada, -ven rápido.
Salí de casa con poca ropa y con
el pelo empapado. La brusquedad del frío no me inmutó. Me dirigía a coger un
taxi cuando me encontré, o más bien me encontró, mi amiga Nieves. Supongo que
se alarmaría por mi aspecto o por la expresión que, me imagino, tendría mi
cara. Lo único que sé es que se hizo cargo de mí y me llevó en su coche al hospital,
aunque no recuerdo nada del trayecto.
Cuando llegué corriendo a su
habitación todos los familiares estaban en el pasillo, llorando, no sé quién,
casi gritando. Había llegado tarde.
Entré. Manuel estaba en semi penumbra,
con expresión serena. Me acerqué y le di un beso mientras acariciaba su
mejilla. Su cara estaba hinchada por los largos meses de tratamiento y el
efecto de la cortisona, pero yo no lo encontraba feo.
Y fue entonces, cuando mi cara
estaba a escasos centímetros de la suya, que abrió los ojos y me dijo: ¿Por qué
lloras?- No lloro- contesté con asombrosa tranquilidad, -es que he salido de
casa con el pelo empapado y hace un frío de mil demonios. Menuda pinta debo de
llevar con esta nariz tan roja- Y los dos nos echamos a reír.
Imaginaos. Mi hermano abrió los ojos, me habló y nos reímos. Y todo parecía tan normal que aún hoy dudo de la veracidad de ese momento.
Los médicos nos dijeron que esas
cosas a veces ocurren. Entrar en un coma profundo y recuperar momentáneamente
para luego caer en el definitivo adiós. Que no nos creáramos esperanzas. Esa
noche nos quedamos mi cuñada Mª Eugenia y yo. Cenamos, vimos un partido de la
selección, quizás fuera del Sporting, y
nos reímos. Sí, seguimos riendo. La vida nos dio una prórroga en el umbral de
la muerte y la aprovechamos.
Cuando Manuel se durmió yo hice
la primera guardia. No despertaría más. Lo contemplé mientras dormía. Estaba
sereno, sin dolor ni inquietud aparente. Pensé en todo lo que me había enseñado
durante sus largos meses de enfermedad. En la tremenda lección de humildad que
me dio, a mí, tan lista y autosuficiente que me creía, en las toneladas de
dignidad que derrochaba. Me devolvió a una familia que creí perdida por
diferencias irreversibles, una familia imperfecta, pero mía. Me enseñó lo que
es perdonar y lo que es asumir tus culpas.
Me mostró el camino de la reconciliación y me ayudó a ser mejor persona.
Y lo quise.
jueves, 21 de julio de 2016
Pa los llinguateros y llinguateres que dicen que namás me topen pelos chigres, esta semeya prueba que tamién-y doi al intelecto. Equi, con l' autor d'una de les meyores noveles en castellán escrites nos últimos venti años: Leonardo Padura. (La verdá ye que la semeya ta fecha nun chigre por Ana Jambrina, pero esa ye una información ensin importancia
CALLEJÓN CON SALIDA, DE LAURA ANTOLÍN.
Acabo de terminar mi segunda lectura de la novelita de Laura Antolín “Callejón con salida”. Digo novelita por su tamaño (de volumen tan delicado como la historia que nos narra), y me he sentido tan identificada como la primera vez. Laura nos habla de la soledad, esa que nos asusta y nos empequeñece, la que sentimos como una pulsión en las sienes, como la niebla pegajosa que nos abraza en un día de bruma. Pero también nos habla de aquella soledad a la que volvemos como al refugio salvador ante las agresiones externas, siempre consoladora y balsámica. Me ha gustado mucho su técnica narrativa, depurada y sencilla, a pesar de ser su primera novela y me ha conmovido esa esperanza superviviente que refleja su pequeña historia. ¡Os la recomiendo!
lunes, 18 de julio de 2016
¿HAY ALGUIEN AHÍ?
Reconozco que soy vaga. Metódicamente vaga. Irremediable y abnegadamente vaga. Y no hablo de la pereza que me inocula diariamente la maldita musiquita del despertador mañanero, ni del tedio que me produce mi trabajo de funcionaria, tan apasionante él. Ni siquiera me refiero a esa parálisis permanente que me impide recoger tanta ropa tirada por el suelo de la habitación –no me nieguen que también les ocurre a ustedes- o a las veces que abro la nevera en un vano intento por que se llene sola, ofreciéndome, aunque solo sea en un episodio de ilusión óptica, ese espectáculo soberbio de refrigeradores hermosos y saludables pertenecientes a familias hermosas y saludables, como dios y las buenas costumbres mandan.
No, no es esa mi vagancia -que también-. La mía es, digamos, de pensamiento, palabra y omisión. Claro que si yo fuera una mujer pretenciosa, que no es el caso, la denominaría “vagancia intelectual”.
Soy haragana de pensamiento porque no hay curso académico o ejercicio fiscal en que no se me ocurran infinidad de carreras en las que me matricular, talleres que pulan mis bajos instintos literarios, jornadas de conocimiento de chacras y áureas, repulimientos varios a mi bagaje intelectual, tan en barbecho siempre. Son buenas intenciones, no me lo discutan, pero se quedan ahí, atascadas en el cerebro, o lo que es peor, en la fase de matriculación. Que si ya es difícil asimilar tu derrota, más lo es después de pagar una suculenta tasa.
Mi vagancia de palabra es la más activa y dicharachera, quédense con el oxímoron, que las buenas intenciones requieren de una adecuada publicidad. Así que me dedico a proclamar con entusiasmo la última de mis pretensiones intelectuales entre mis amigos, pacientes y escépticos debido a la práctica prolongada, que reciben con una sonrisa o un levantar de ceja la detallada descripción de mi última aventura académica.
Y no me hagan explicarles, se lo ruego, cómo es mi vagancia por omisión. No solo porque me da una pereza infinita, sino porque no dudo ni por un momento de la capacidad del lector para sacar sus propias conclusiones e interpretar textos sencillos. Que no es cosa de desperdiciar argumentos en algo tan obvio.
La única redención a mi molicie la encuentro en la lectura. Leo cuando como, cuando camino y sospecho que hasta cuando duermo. Leo por la mañana, leo sentada - o tirada en el sofá, mi postura favorita- y en el parque. Leo obras de arte y basura insalvable. Me emociono leyendo, me enfado leyendo y me reconcilio leyendo.
El caso es que estas reflexiones las hacía mientras buscaba inútilmente por el espacio exterior de la red uno de mis fallidos intentos de crear un blog. Multitud de veces lo he intentado, siguiendo diligentemente las instrucciones para tontos que Google ofrece a los torpes internautas como yo y otras tantas se han quedado perdidos por ahí, quién sabe en qué rincón de la nube.
Yo quería crear un blog como acto de desagravio. No solo a mi mente inquieta adormecida por la pereza, no. Yo quería mi blog para hablar de cosas bonitas. Para ocuparme de personas buenas, de mujeres valientes, de noticias amables. Porque aunque ustedes no lo crean, otro de mis defectos es la mala baba. Si yo fuese una mujer pretenciosa- que no lo soy- lo llamaría vehemencia. Pero no, lo que tengo es mala baba. Y, claro, las redes sociales no ayudan. En mi perfil de Facebook me paso el tiempo despotricando contra el mundo y compartiendo guerras, corrupciones, desgracias y gatitos muertos.
En mi vida real no lo hago mejor. Siempre rebatiendo, cuestionando, peleando. Dialécticamente, sí, pero combatiendo con afán de victoria.
Así que quiero mi blog. Lo titularé "Viaje a Rochester" Y lo dedicaré a hablar de literatura y de vida.
Corríjanme si me desvío, aliéntenme si decaigo. Y léanme, que con dos atentos lectores ya serán legión.
“… He cruzado los mares en busca de tesoros enterrados y recorrido montañas por la ruta de la seda. He sido pirata en Borneo y meretriz en Saigón. Con la Maga recorrí las calles de París y con Eyre me estremecí en las noches victorianas. En una ocasión conocí el hielo –lo recordé más tarde, cuando me enfrenté a mi propia muerte- y el fuego me consumió en hogueras medievales. Veneré a Benedetti con la abnegación de una hija amantísima y a Lorca con la pasión de mi vientre yermo.
Hoy empiezo mi cuaderno. Está en blanco, como siempre. Ayúdenme, por favor, a terminarlo”.
Menchu 2016.
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