miércoles, 27 de julio de 2016


APLASTANDO CARBONES CON LAS MANOS DESNUDAS

 Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes. Rosa Montero.


A Manuel. Por fin.


Este título no es mío. Es de Rosa Montero. Estoy leyendo su libro La ridícula idea de no volver a verte y me ha surgido una apremiante necesidad de ponerme al teclado sin saber muy bien qué es lo que quiero escribir ni cómo lo quiero hacer. Es algo así como un experimento, dado que jamás he sentido la pulsión de escribir por un sentimiento íntimo como el que me ronda por las entrañas en este momento. Veremos qué criatura está por nacer.

Fui lectora de Rosa Montero en mi temprana juventud, aunque he de reconocer que no recuerdo mucho sus libros. Probablemente haya leído “Te trataré como a una reina” y algún título más. No me atrevería a negar que, quizás, pueda confundir sus novelas con las de Maruja Torres, afrenta que con toda probabilidad debe de encantar a ambas autoras. Recientemente y de manera casual he sabido de su vida gracias al Facebook y me he hecho seguidora suya, algo inusual en mí, pues, sinceramente, me interesan poco las andanzas de personas con notoriedad pública. Sin embargo, en este caso me he encontrado con una persona cercana al mundo, amable, solidaria, simpática y comprometida. No podía tardar mucho en retomar la lectura de sus obras.

La ridícula idea de no volver a verte es el libro elegido para ello. Habla de la vida en el titánico proceso de reconciliación con la muerte.  A raíz del fallecimiento de su marido y tras la lectura del diario que Marie Curie escribió después de perder al suyo, Montero ha escrito una novela luminosa, como la radiactividad de Curie, al sentir, supongo, la necesidad de expresar en palabras públicas ese gran torrente de emociones íntimas, a modo de exorcismo contra el dolor. “…son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza”.

Ayer, en uno de mis habituales paseos por el Parque de Invierno, en compañía de mi perra Nora y de mi libro electrónico, con una luz crepuscular que me hacía entrecerrar los ojos por el esfuerzo, leí el capítulo que da nombre a este texto. En él, la escritora nos narra un momento tan íntimo, tan auténtico y descrito con tanto amor que duele. Su marido, Pablo, sufría metástasis en el cerebro. Hacía tiempo que resultaba casi imposible mantener una conversación con él debido al daño cerebral, que cambiaba ideas y palabras. Poco antes de su muerte fue ingresado de urgencias por un episodio de confusión y agitación muy violenta, algo habitual en los estadios finales de esta enfermedad. Después de estabilizarlo a base de medicinas, entró en una fase de dulce serenidad. Rosa describe con asombrosa contundencia uno de esos momentos únicos que pueden unir a dos personas como si fueran los últimos habitantes de un planeta lejano, respirando un aire propio, una soledad compartida y querida, una intimidad imposible de repetir.  Pablo abrió los ojos, le dedicó una radiante sonrisa y le dijo con la mayor ternura imaginable: “mi perrita”.

Fue una palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra parte, pero creo que es lo más hermoso que me han dicho en mi vida”.

Y, entonces, lo sentí. Mientras caminaba por el parque con las lágrimas resbalando por mi cara, sentí a Manuel, mientras las limpiaba sin importarme las miradas de los paseantes, sentí a mi hermano, mientras volvía atrás para leer esos párrafos que tanto me impactaron, sentí a mi hermano muerto.

Porque yo tengo un hermano muerto. Aunque no hable de él, aunque no mire sus fotos, ni celebre sus cumpleaños.

Y recordé ese episodio extraño y mágico que ocurrió el día de su muerte, un suceso que apenas he contado y que llegué a creer imaginado.

Aquella tarde de marzo estaba lloviendo -casi agua nieve- y hacía un frío intenso. Salí de trabajar y antes de ir al hospital me fui directamente a la ducha. Más de un cuarto de hora llevaba bajo el agua, como si mi cuerpo no quisiera salir del bálsamo del agua caliente cuando sonó el teléfono. Por alguna razón no me dio buena espina. -Ha entrado en coma- me dijo una voz angustiada, -ven rápido.

Salí de casa con poca ropa y con el pelo empapado. La brusquedad del frío no me inmutó. Me dirigía a coger un taxi cuando me encontré, o más bien me encontró, mi amiga Nieves. Supongo que se alarmaría por mi aspecto o por la expresión que, me imagino, tendría mi cara. Lo único que sé es que se hizo cargo de mí y me llevó en su coche al hospital, aunque no recuerdo nada del trayecto.

Cuando llegué corriendo a su habitación todos los familiares estaban en el pasillo, llorando, no sé quién, casi gritando. Había llegado tarde.

Entré. Manuel estaba en semi penumbra, con expresión serena. Me acerqué y le di un beso mientras acariciaba su mejilla. Su cara estaba hinchada por los largos meses de tratamiento y el efecto de la cortisona, pero yo no lo encontraba feo.

Y fue entonces, cuando mi cara estaba a escasos centímetros de la suya, que abrió los ojos y me dijo: ¿Por qué lloras?- No lloro- contesté con asombrosa tranquilidad, -es que he salido de casa con el pelo empapado y hace un frío de mil demonios. Menuda pinta debo de llevar con esta nariz tan roja- Y los dos nos echamos a reír.

Imaginaos. Mi hermano abrió los ojos, me habló y nos reímos. Y todo parecía tan normal que aún hoy dudo de la veracidad de ese momento.

Los médicos nos dijeron que esas cosas a veces ocurren. Entrar en un coma profundo y recuperar momentáneamente para luego caer en el definitivo adiós. Que no nos creáramos esperanzas. Esa noche nos quedamos mi cuñada Mª Eugenia y yo. Cenamos, vimos un partido de la selección, quizás fuera del Sporting,  y nos reímos. Sí, seguimos riendo. La vida nos dio una prórroga en el umbral de la muerte y la aprovechamos.

Cuando Manuel se durmió yo hice la primera guardia. No despertaría más. Lo contemplé mientras dormía. Estaba sereno, sin dolor ni inquietud aparente. Pensé en todo lo que me había enseñado durante sus largos meses de enfermedad. En la tremenda lección de humildad que me dio, a mí, tan lista y autosuficiente que me creía, en las toneladas de dignidad que derrochaba. Me devolvió a una familia que creí perdida por diferencias irreversibles, una familia imperfecta, pero mía. Me enseñó lo que es perdonar y lo que es asumir tus culpas.  Me mostró el camino de la reconciliación y me ayudó a ser mejor persona. Y lo quise.

Rosa Montero ha escrito un libro terapéutico, un libro medicina. “La creatividad es un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”. Quiero pensar que su conjuro contra el dolor, transformándolo en palabras tan bellas le haya  funcionado. En mi caso, podéis creerlo, así ha sido.



7 comentarios:

  1. YO, que pensé que sabia algo de ti, no se nada..............solo decirte, que el tiempo no borro nuestros años juntas,también de sufrimiento y de risas, pero esa es otra historia,siempre me pareciste especial y como escritora sigues siendo.......diferente, las dos lo somos, besos

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  2. Un héroe que nunca dejo que vieramos como sufria,y que siempre intento hacernos reir a todos,un honbre noble,bueno,cariñoso eso era el tio Manuel,y por supuesto siempre con su Asturias y su Sporting por bandera.
    Tia eres u a artistas aveces emocionarse ayuda a limpiar el alma y a descargar tensión. GRACIES

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  3. Conmovedora y excepcional como siempre has sido tú, e incluso a pesar de ti. Bs

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