lunes, 17 de octubre de 2016


LA RESURRECIÓN DE RICHARD WAGNER, de Javier García Cellino

Dicen que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Yo tengo un gran amigo, Javier García Cellino  que hoy ha hecho uso de uno de los grandes privilegios que concede la amistad: abusar de sus amigos. Con celeridad y alevosía, como tiene que ser. A lo grande.

 

Como sabéis, este acto debería de ser presentado por el gran autor asturiano Luís Arias Argüelles-Meres, escritor, periodista y cronista en El Comercio y en otros medios escritos, pero una indisposición repentina le ha impedido asistir. Y hete aquí a Javier, buscando a última hora  a alguien que pudiera sustituir a un autor de renombre y, que además,  supiera de qué iba su novela. Y aquí estoy yo, no porque pueda sustituir a un escritor con mayúsculas, los dioses me perdonen, pues el único mérito literario del que puedo hacer gala es el de  escribir alguna redacción escolar o reflexión adolescente, como mucho haber acudido a algún taller literario. Yo estoy aquí  porque me he leído el libro.

 

Y este sí que es un gran privilegio de la amistad: poder leer los libros de tus amigos antes de ser publicados.

 

Javier García Cellino es poeta. Piensa poesía, vive poesía, la atrapa, juega con ella, la rehace y la transforma. Jamás se rinde, nunca renuncia. Cellino es poeta desde mucho antes de saberlo. Antes de escribir su primer verso, de intuirlo siquiera, la poesía se instaló en su mente y en sus dedos, en su sangre y en sus libros.

 

“Resulta difícil indagar acerca de los oscuros motivos que nos empujan hacia la poesía”, afirmaba en su introducción de “Arquitecturas Prohibidas”, su primer poemario en solitario.

 

No sé si tantos años después ha desentrañado el misterio  o si la oscuridad se tornó en brillo. Pero sí me consta que esa pulsión, esa necesidad de crear poesía está viva, se transmuta o se agapaza, se retira discreta esperando su momento o sale a borbotones, como un geiser caliente de tinta azul y sangre roja.

 

Porque Javier García Cellino es poeta.

 

Un poeta que, a veces,  escribe prosa.

 

“La resurrección de Richard Wagner” es su cuarta novela. Es en su vertiente narrativa donde se nos muestra al Cellino más poliédrico, en el sentido renacentista del término, donde a través de sus personajes, deja discurrir sus aficiones e intereses culturales y vitales.

 

La pintura, la música y la historia, las grandes pasiones del escritor además de la poesía,  mueven sus personaje, los modelan y les dotan de una personalidad apasionada, donde nada tiene sentido si no está impregnado de arte.  

 

En su anterior novela,  “La escuela de El Italiano” ya nos mostraba su amor por la pintura de mano de los pinceles de sus protagonistas. Arte y pasión, amor y muerte.

 

Tampoco ha sido su poesía ajena a la influencia del arte pictórico y a la admiración hacia sus hacedores. En su poemario “Arquitecturas prohibidas”, ya nos contaba:

 

A VAN GOGH: UN POETA AUSENTE”

Admiro el desorden

de tus pupilas, ese brillo

infantil bajando desde los párpados,

y de la abandonada materia

el color que  como nadie mostraste”.

 

No es casual que, para los personajes de “La resurrección de Richard Wagner”, el nexo de unión sea la pintura. Como tampoco lo es que Javier, el poeta, el escritor, pinte. Aunque no lo muestre, aunque no lo prodigue, pero pinta. Y me consta (tendrás que darnos explicaciones, amigo, de por qué tienes abandonada esta oculta faceta).

 

La historia es otra de las debilidades de Javier. No en vano la ha estudiado (Geografía e historia –del arte-) en sus tiempos de viajes en El Carbonero, con destino, él a Caso y yo, que muchas veces compartí su asiento, a Laviana. Él estudiaba sus apuntes de historia y yo los de mis oposiciones. Cuántos silencios, amigo mío, y cuánta complicidad somnolienta y sin palabras…

 

Partiendo de episodios históricos fundamentales en el siglo XX unos personajes separados por un océano y muchos años, logran unir sus destinos gracias al amor a la pintura, la poesía y a la música. ¡Ay!, la música, siempre presente.

 

la más hermosa de todas las contradicciones: crear una melodía infinita, ése fue siempre el sueño del maestro”.

“Un poeta, eso era…”

 

Y estas frases, en boca de Adriana Magdalena y de la condesa Elssie, personajes de nuestra novela refiriéndose a Richard Wagner, cierran el círculo: No hay música sin poesía, no hay poesía sin arte, no hay arte sin belleza.

 

La resurrección de Richard Wagner es una novela escrita en un tono sereno, poético. Habla del arte y del amor, de la crueldad y del horror.

 

Y nos da una pista de por dónde nosotros, pobres humanos, podemos huir de nuestra propia humanidad imperfecta y cruel.

 

Siempre existirá un verso, unas notas o un lienzo que nos consuele. Porque siempre existirá la belleza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

lunes, 1 de agosto de 2016

La escritura es para Javier García Cellino "un mecanismo de defensa", frente a la"ciénaga" de la corrupción. El laureado poeta langreano o acaba de añadir este verano a su palmarés un segundo premio de novela al ganar, en Córdoba, con "La resurrección de Richard Wagner", el premio "Ategua" de literatura. -¿Qué le llevó a presentarse al "Ategua" de literatura de Córdoba? [  989 more words. ]

http://septemediciones.es/2016/07/entrevista-a-javier-garcia-cellino-por-su-nueva-novela-la-resurreccion-de-richard-wagner-premio-ategua/

miércoles, 27 de julio de 2016


APLASTANDO CARBONES CON LAS MANOS DESNUDAS

 Aplastamos carbones con las manos desnudas y a veces conseguimos que parezcan diamantes. Rosa Montero.


A Manuel. Por fin.


Este título no es mío. Es de Rosa Montero. Estoy leyendo su libro La ridícula idea de no volver a verte y me ha surgido una apremiante necesidad de ponerme al teclado sin saber muy bien qué es lo que quiero escribir ni cómo lo quiero hacer. Es algo así como un experimento, dado que jamás he sentido la pulsión de escribir por un sentimiento íntimo como el que me ronda por las entrañas en este momento. Veremos qué criatura está por nacer.

Fui lectora de Rosa Montero en mi temprana juventud, aunque he de reconocer que no recuerdo mucho sus libros. Probablemente haya leído “Te trataré como a una reina” y algún título más. No me atrevería a negar que, quizás, pueda confundir sus novelas con las de Maruja Torres, afrenta que con toda probabilidad debe de encantar a ambas autoras. Recientemente y de manera casual he sabido de su vida gracias al Facebook y me he hecho seguidora suya, algo inusual en mí, pues, sinceramente, me interesan poco las andanzas de personas con notoriedad pública. Sin embargo, en este caso me he encontrado con una persona cercana al mundo, amable, solidaria, simpática y comprometida. No podía tardar mucho en retomar la lectura de sus obras.

La ridícula idea de no volver a verte es el libro elegido para ello. Habla de la vida en el titánico proceso de reconciliación con la muerte.  A raíz del fallecimiento de su marido y tras la lectura del diario que Marie Curie escribió después de perder al suyo, Montero ha escrito una novela luminosa, como la radiactividad de Curie, al sentir, supongo, la necesidad de expresar en palabras públicas ese gran torrente de emociones íntimas, a modo de exorcismo contra el dolor. “…son páginas que hablan de la superación del dolor, de las relaciones entre hombres y mujeres, del esplendor del sexo, de la buena muerte y de la bella vida, de la ciencia y de la ignorancia, de la fuerza salvadora de la literatura y de la sabiduría de quienes aprenden a disfrutar de la existencia con plenitud y con ligereza”.

Ayer, en uno de mis habituales paseos por el Parque de Invierno, en compañía de mi perra Nora y de mi libro electrónico, con una luz crepuscular que me hacía entrecerrar los ojos por el esfuerzo, leí el capítulo que da nombre a este texto. En él, la escritora nos narra un momento tan íntimo, tan auténtico y descrito con tanto amor que duele. Su marido, Pablo, sufría metástasis en el cerebro. Hacía tiempo que resultaba casi imposible mantener una conversación con él debido al daño cerebral, que cambiaba ideas y palabras. Poco antes de su muerte fue ingresado de urgencias por un episodio de confusión y agitación muy violenta, algo habitual en los estadios finales de esta enfermedad. Después de estabilizarlo a base de medicinas, entró en una fase de dulce serenidad. Rosa describe con asombrosa contundencia uno de esos momentos únicos que pueden unir a dos personas como si fueran los últimos habitantes de un planeta lejano, respirando un aire propio, una soledad compartida y querida, una intimidad imposible de repetir.  Pablo abrió los ojos, le dedicó una radiante sonrisa y le dijo con la mayor ternura imaginable: “mi perrita”.

Fue una palabra rebotada por su cerebro herido, una palabra espejo sacada de otra parte, pero creo que es lo más hermoso que me han dicho en mi vida”.

Y, entonces, lo sentí. Mientras caminaba por el parque con las lágrimas resbalando por mi cara, sentí a Manuel, mientras las limpiaba sin importarme las miradas de los paseantes, sentí a mi hermano, mientras volvía atrás para leer esos párrafos que tanto me impactaron, sentí a mi hermano muerto.

Porque yo tengo un hermano muerto. Aunque no hable de él, aunque no mire sus fotos, ni celebre sus cumpleaños.

Y recordé ese episodio extraño y mágico que ocurrió el día de su muerte, un suceso que apenas he contado y que llegué a creer imaginado.

Aquella tarde de marzo estaba lloviendo -casi agua nieve- y hacía un frío intenso. Salí de trabajar y antes de ir al hospital me fui directamente a la ducha. Más de un cuarto de hora llevaba bajo el agua, como si mi cuerpo no quisiera salir del bálsamo del agua caliente cuando sonó el teléfono. Por alguna razón no me dio buena espina. -Ha entrado en coma- me dijo una voz angustiada, -ven rápido.

Salí de casa con poca ropa y con el pelo empapado. La brusquedad del frío no me inmutó. Me dirigía a coger un taxi cuando me encontré, o más bien me encontró, mi amiga Nieves. Supongo que se alarmaría por mi aspecto o por la expresión que, me imagino, tendría mi cara. Lo único que sé es que se hizo cargo de mí y me llevó en su coche al hospital, aunque no recuerdo nada del trayecto.

Cuando llegué corriendo a su habitación todos los familiares estaban en el pasillo, llorando, no sé quién, casi gritando. Había llegado tarde.

Entré. Manuel estaba en semi penumbra, con expresión serena. Me acerqué y le di un beso mientras acariciaba su mejilla. Su cara estaba hinchada por los largos meses de tratamiento y el efecto de la cortisona, pero yo no lo encontraba feo.

Y fue entonces, cuando mi cara estaba a escasos centímetros de la suya, que abrió los ojos y me dijo: ¿Por qué lloras?- No lloro- contesté con asombrosa tranquilidad, -es que he salido de casa con el pelo empapado y hace un frío de mil demonios. Menuda pinta debo de llevar con esta nariz tan roja- Y los dos nos echamos a reír.

Imaginaos. Mi hermano abrió los ojos, me habló y nos reímos. Y todo parecía tan normal que aún hoy dudo de la veracidad de ese momento.

Los médicos nos dijeron que esas cosas a veces ocurren. Entrar en un coma profundo y recuperar momentáneamente para luego caer en el definitivo adiós. Que no nos creáramos esperanzas. Esa noche nos quedamos mi cuñada Mª Eugenia y yo. Cenamos, vimos un partido de la selección, quizás fuera del Sporting,  y nos reímos. Sí, seguimos riendo. La vida nos dio una prórroga en el umbral de la muerte y la aprovechamos.

Cuando Manuel se durmió yo hice la primera guardia. No despertaría más. Lo contemplé mientras dormía. Estaba sereno, sin dolor ni inquietud aparente. Pensé en todo lo que me había enseñado durante sus largos meses de enfermedad. En la tremenda lección de humildad que me dio, a mí, tan lista y autosuficiente que me creía, en las toneladas de dignidad que derrochaba. Me devolvió a una familia que creí perdida por diferencias irreversibles, una familia imperfecta, pero mía. Me enseñó lo que es perdonar y lo que es asumir tus culpas.  Me mostró el camino de la reconciliación y me ayudó a ser mejor persona. Y lo quise.

Rosa Montero ha escrito un libro terapéutico, un libro medicina. “La creatividad es un intento alquímico de transmutar el sufrimiento en belleza”. Quiero pensar que su conjuro contra el dolor, transformándolo en palabras tan bellas le haya  funcionado. En mi caso, podéis creerlo, así ha sido.



jueves, 21 de julio de 2016

Pa los llinguateros y llinguateres que dicen que namás me topen pelos chigres, esta semeya prueba que tamién-y doi al intelecto. Equi, con l' autor d'una de les meyores noveles en castellán escrites nos últimos venti años: Leonardo Padura. (La verdá ye que la semeya ta fecha nun chigre por Ana Jambrina, pero esa ye una información ensin importancia



CALLEJÓN CON SALIDA, DE LAURA ANTOLÍN.

Acabo de terminar mi segunda lectura de la novelita de Laura Antolín “Callejón con salida”. Digo novelita por su tamaño (de volumen tan delicado como la historia que nos narra), y me he sentido tan identificada como la primera vez. Laura nos habla de la soledad, esa que nos asusta y nos empequeñece, la que sentimos como una pulsión en las sienes, como la  niebla pegajosa que nos abraza en un día de bruma. Pero también nos habla  de aquella soledad a la que volvemos como al refugio salvador ante las agresiones externas, siempre consoladora y balsámica. Me ha gustado mucho su técnica narrativa, depurada y sencilla, a pesar de ser su primera novela y me ha conmovido esa esperanza superviviente que refleja su pequeña historia. ¡Os la recomiendo!




lunes, 18 de julio de 2016

¿HAY ALGUIEN AHÍ?


Reconozco que soy vaga. Metódicamente vaga. Irremediable y abnegadamente vaga. Y no hablo de la pereza que me inocula diariamente la maldita musiquita del despertador mañanero, ni del tedio que me produce mi trabajo de funcionaria, tan apasionante él. Ni siquiera me refiero a esa parálisis permanente que  me impide recoger tanta ropa tirada por el suelo de la habitación –no me nieguen que también les ocurre a ustedes- o a las veces que abro la nevera en un vano intento por que se llene sola, ofreciéndome, aunque solo sea en un episodio  de ilusión óptica, ese espectáculo soberbio de refrigeradores hermosos y saludables pertenecientes a  familias hermosas y saludables,  como dios y las buenas costumbres mandan.

No, no es esa mi vagancia -que también-. La mía es, digamos, de pensamiento, palabra y omisión. Claro que si yo fuera una mujer pretenciosa, que  no es el caso, la denominaría “vagancia intelectual”. 

Soy haragana de  pensamiento porque no hay curso académico o ejercicio fiscal en que no se me ocurran infinidad de carreras en las que me matricular, talleres que pulan mis bajos instintos literarios, jornadas de conocimiento de chacras y áureas, repulimientos varios a mi bagaje intelectual, tan en barbecho siempre. Son buenas intenciones, no me lo discutan, pero se quedan ahí, atascadas en el cerebro, o lo que es peor, en la fase de matriculación. Que si ya es difícil asimilar tu derrota, más lo es después de pagar una suculenta tasa. 

Mi vagancia de palabra es la más activa y dicharachera, quédense con el oxímoron, que las buenas intenciones requieren de una adecuada publicidad. Así que me dedico a proclamar con entusiasmo la última de mis pretensiones intelectuales entre mis amigos, pacientes y escépticos debido a la práctica prolongada,  que reciben con una sonrisa o un levantar de ceja la detallada descripción de mi última aventura académica.

Y no me hagan explicarles, se lo ruego, cómo es mi vagancia por omisión. No solo porque me da una pereza infinita, sino porque no dudo ni por un momento de la capacidad del lector para sacar sus propias conclusiones e interpretar textos sencillos. Que no es cosa de desperdiciar argumentos en algo tan obvio.

La única redención a mi molicie la encuentro en la lectura. Leo cuando como, cuando camino y sospecho que hasta cuando duermo. Leo por la mañana, leo sentada - o tirada en el sofá, mi postura favorita- y en el parque. Leo obras de arte y basura insalvable. Me emociono leyendo, me enfado leyendo y me reconcilio leyendo.

El caso es que estas reflexiones las hacía mientras buscaba inútilmente por el espacio exterior de la red uno de mis fallidos intentos de crear un blog. Multitud de veces lo he intentado, siguiendo diligentemente las instrucciones para tontos que Google ofrece a los torpes internautas como yo y otras tantas se han quedado perdidos por ahí, quién sabe en qué rincón de la nube. 

Yo quería crear un blog como acto de desagravio. No solo a mi mente inquieta adormecida por la pereza, no.  Yo quería mi blog para hablar de cosas bonitas. Para ocuparme de personas buenas, de mujeres valientes, de noticias amables. Porque aunque ustedes no lo crean, otro de mis defectos es la mala baba.  Si yo fuese una mujer pretenciosa- que no lo soy- lo llamaría vehemencia. Pero no, lo que tengo es mala baba.  Y, claro, las redes sociales no ayudan. En mi perfil de Facebook me paso el tiempo despotricando contra el mundo y compartiendo guerras, corrupciones, desgracias y gatitos muertos. 

En mi vida real no lo hago mejor.  Siempre rebatiendo, cuestionando, peleando. Dialécticamente, sí, pero combatiendo  con afán de victoria.

Así que quiero mi blog. Lo titularé "Viaje a Rochester" Y lo dedicaré a hablar de literatura y de vida. 

Corríjanme si me desvío, aliéntenme si decaigo. Y léanme, que con dos atentos lectores ya serán legión.


“… He cruzado los mares en busca de tesoros enterrados y recorrido montañas por la ruta de la seda. He sido pirata en Borneo y meretriz en Saigón. Con la Maga recorrí las calles de París y con Eyre me estremecí en las noches victorianas. En una ocasión conocí el hielo –lo recordé más tarde, cuando me enfrenté a mi propia muerte- y el fuego me consumió en hogueras medievales. Veneré a Benedetti con la abnegación de una hija amantísima y a Lorca con la pasión de mi vientre yermo. 
Hoy empiezo mi cuaderno. Está en blanco, como siempre. Ayúdenme, por favor, a terminarlo”.

Menchu 2016.