LA
RESURRECIÓN DE RICHARD WAGNER, de Javier García Cellino
Dicen
que quien tiene un amigo tiene un tesoro. Yo tengo un gran amigo, Javier García
Cellino que hoy ha hecho uso de uno de
los grandes privilegios que concede la amistad: abusar de sus amigos. Con
celeridad y alevosía, como tiene que ser. A lo grande.
Como
sabéis, este acto debería de ser presentado por el gran autor asturiano Luís
Arias Argüelles-Meres, escritor, periodista y cronista en El Comercio y en
otros medios escritos, pero una indisposición repentina le ha impedido asistir.
Y hete aquí a Javier, buscando a última hora a alguien que pudiera sustituir a un autor de
renombre y, que además, supiera de qué
iba su novela. Y aquí estoy yo, no porque pueda sustituir a un escritor con
mayúsculas, los dioses me perdonen, pues el único mérito literario del que
puedo hacer gala es el de escribir
alguna redacción escolar o reflexión adolescente, como mucho haber acudido a
algún taller literario. Yo estoy aquí porque me he leído el libro.
Y
este sí que es un gran privilegio de la amistad: poder leer los libros de tus
amigos antes de ser publicados.
Javier
García Cellino es poeta. Piensa poesía, vive poesía, la atrapa, juega con ella,
la rehace y la transforma. Jamás se rinde, nunca renuncia. Cellino es poeta
desde mucho antes de saberlo. Antes de escribir su primer verso, de intuirlo
siquiera, la poesía se instaló en su mente y en sus dedos, en su sangre y en
sus libros.
“Resulta
difícil indagar acerca de los oscuros motivos que nos empujan hacia la poesía”,
afirmaba en su introducción de “Arquitecturas Prohibidas”, su primer poemario
en solitario.
No
sé si tantos años después ha desentrañado el misterio o si la oscuridad se tornó en brillo. Pero sí
me consta que esa pulsión, esa necesidad de crear poesía está viva, se transmuta
o se agapaza, se retira discreta esperando su momento o sale a borbotones, como
un geiser caliente de tinta azul y sangre roja.
Porque
Javier García Cellino es poeta.
Un
poeta que, a veces, escribe prosa.
“La
resurrección de Richard Wagner” es su cuarta novela. Es en su vertiente
narrativa donde se nos muestra al Cellino más poliédrico, en el sentido
renacentista del término, donde a través de sus personajes, deja discurrir sus
aficiones e intereses culturales y vitales.
La
pintura, la música y la historia, las grandes pasiones del escritor además de
la poesía, mueven sus personaje, los
modelan y les dotan de una personalidad apasionada, donde nada tiene sentido si
no está impregnado de arte.
En
su anterior novela, “La escuela de El
Italiano” ya nos mostraba su amor por la pintura de mano de los pinceles de sus
protagonistas. Arte y pasión, amor y muerte.
Tampoco
ha sido su poesía ajena a la influencia del arte pictórico y a la admiración
hacia sus hacedores. En su poemario “Arquitecturas prohibidas”, ya nos contaba:
“A VAN GOGH: UN POETA AUSENTE”
Admiro el desorden
de tus pupilas, ese
brillo
infantil bajando desde
los párpados,
y de la abandonada
materia
el color que como nadie mostraste”.
No
es casual que, para los personajes de “La resurrección de Richard Wagner”, el
nexo de unión sea la pintura. Como tampoco lo es que Javier, el poeta, el
escritor, pinte. Aunque no lo muestre, aunque no lo prodigue, pero pinta. Y me
consta (tendrás que darnos explicaciones, amigo, de por qué tienes abandonada
esta oculta faceta).
La
historia es otra de las debilidades de Javier. No en vano la ha estudiado
(Geografía e historia –del arte-) en sus tiempos de viajes en El Carbonero, con
destino, él a Caso y yo, que muchas veces compartí su asiento, a Laviana. Él
estudiaba sus apuntes de historia y yo los de mis oposiciones. Cuántos
silencios, amigo mío, y cuánta complicidad somnolienta y sin palabras…
Partiendo
de episodios históricos fundamentales en el siglo XX unos personajes separados
por un océano y muchos años, logran unir sus destinos gracias al amor a la
pintura, la poesía y a la música. ¡Ay!, la música, siempre presente.
“la más hermosa de todas las contradicciones:
crear una melodía infinita, ése fue siempre el sueño del maestro”.
“Un
poeta, eso era…”
Y
estas frases, en boca de Adriana Magdalena y de la condesa Elssie, personajes
de nuestra novela refiriéndose a Richard Wagner, cierran el círculo: No hay
música sin poesía, no hay poesía sin arte, no hay arte sin belleza.
La
resurrección de Richard Wagner es una novela escrita en un tono sereno,
poético. Habla del arte y del amor, de la crueldad y del horror.
Y
nos da una pista de por dónde nosotros, pobres humanos, podemos huir de nuestra
propia humanidad imperfecta y cruel.
Siempre
existirá un verso, unas notas o un lienzo que nos consuele. Porque siempre
existirá la belleza.

