lunes, 18 de julio de 2016

¿HAY ALGUIEN AHÍ?


Reconozco que soy vaga. Metódicamente vaga. Irremediable y abnegadamente vaga. Y no hablo de la pereza que me inocula diariamente la maldita musiquita del despertador mañanero, ni del tedio que me produce mi trabajo de funcionaria, tan apasionante él. Ni siquiera me refiero a esa parálisis permanente que  me impide recoger tanta ropa tirada por el suelo de la habitación –no me nieguen que también les ocurre a ustedes- o a las veces que abro la nevera en un vano intento por que se llene sola, ofreciéndome, aunque solo sea en un episodio  de ilusión óptica, ese espectáculo soberbio de refrigeradores hermosos y saludables pertenecientes a  familias hermosas y saludables,  como dios y las buenas costumbres mandan.

No, no es esa mi vagancia -que también-. La mía es, digamos, de pensamiento, palabra y omisión. Claro que si yo fuera una mujer pretenciosa, que  no es el caso, la denominaría “vagancia intelectual”. 

Soy haragana de  pensamiento porque no hay curso académico o ejercicio fiscal en que no se me ocurran infinidad de carreras en las que me matricular, talleres que pulan mis bajos instintos literarios, jornadas de conocimiento de chacras y áureas, repulimientos varios a mi bagaje intelectual, tan en barbecho siempre. Son buenas intenciones, no me lo discutan, pero se quedan ahí, atascadas en el cerebro, o lo que es peor, en la fase de matriculación. Que si ya es difícil asimilar tu derrota, más lo es después de pagar una suculenta tasa. 

Mi vagancia de palabra es la más activa y dicharachera, quédense con el oxímoron, que las buenas intenciones requieren de una adecuada publicidad. Así que me dedico a proclamar con entusiasmo la última de mis pretensiones intelectuales entre mis amigos, pacientes y escépticos debido a la práctica prolongada,  que reciben con una sonrisa o un levantar de ceja la detallada descripción de mi última aventura académica.

Y no me hagan explicarles, se lo ruego, cómo es mi vagancia por omisión. No solo porque me da una pereza infinita, sino porque no dudo ni por un momento de la capacidad del lector para sacar sus propias conclusiones e interpretar textos sencillos. Que no es cosa de desperdiciar argumentos en algo tan obvio.

La única redención a mi molicie la encuentro en la lectura. Leo cuando como, cuando camino y sospecho que hasta cuando duermo. Leo por la mañana, leo sentada - o tirada en el sofá, mi postura favorita- y en el parque. Leo obras de arte y basura insalvable. Me emociono leyendo, me enfado leyendo y me reconcilio leyendo.

El caso es que estas reflexiones las hacía mientras buscaba inútilmente por el espacio exterior de la red uno de mis fallidos intentos de crear un blog. Multitud de veces lo he intentado, siguiendo diligentemente las instrucciones para tontos que Google ofrece a los torpes internautas como yo y otras tantas se han quedado perdidos por ahí, quién sabe en qué rincón de la nube. 

Yo quería crear un blog como acto de desagravio. No solo a mi mente inquieta adormecida por la pereza, no.  Yo quería mi blog para hablar de cosas bonitas. Para ocuparme de personas buenas, de mujeres valientes, de noticias amables. Porque aunque ustedes no lo crean, otro de mis defectos es la mala baba.  Si yo fuese una mujer pretenciosa- que no lo soy- lo llamaría vehemencia. Pero no, lo que tengo es mala baba.  Y, claro, las redes sociales no ayudan. En mi perfil de Facebook me paso el tiempo despotricando contra el mundo y compartiendo guerras, corrupciones, desgracias y gatitos muertos. 

En mi vida real no lo hago mejor.  Siempre rebatiendo, cuestionando, peleando. Dialécticamente, sí, pero combatiendo  con afán de victoria.

Así que quiero mi blog. Lo titularé "Viaje a Rochester" Y lo dedicaré a hablar de literatura y de vida. 

Corríjanme si me desvío, aliéntenme si decaigo. Y léanme, que con dos atentos lectores ya serán legión.


“… He cruzado los mares en busca de tesoros enterrados y recorrido montañas por la ruta de la seda. He sido pirata en Borneo y meretriz en Saigón. Con la Maga recorrí las calles de París y con Eyre me estremecí en las noches victorianas. En una ocasión conocí el hielo –lo recordé más tarde, cuando me enfrenté a mi propia muerte- y el fuego me consumió en hogueras medievales. Veneré a Benedetti con la abnegación de una hija amantísima y a Lorca con la pasión de mi vientre yermo. 
Hoy empiezo mi cuaderno. Está en blanco, como siempre. Ayúdenme, por favor, a terminarlo”.

Menchu 2016.


3 comentarios: